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lunes, 9 de agosto de 2010

Routine.

Sumergida entre las páginas de mis libros he leido algo interesante, algo con lo que no me encontré deacuerdo, algo que nos rodea, que la gente piensa que es real, que es una verdad como un templo, me encontré con una mentira apellidada rutina. El texto explicaba la necesidad de renovar día a día, hacer cosas interesantes, no caer en el mismo círculo vicioso con tu pareja, estar constantemente cambiando, y cambiando, y cambiando... y exigía cambiar tanto que casi me mareo. Apenas tuve la oportunidad de terminar de leerlo cuando una protesta se iba formando en mi mente. La gente atribuye sus rupturas, sus problemas, sus preocupaciones, a la rutina. Atribuye sus errores y sus malas maneras a la rutina. Y lo hace sin pensar, sin saber que en realidad no tiene razón. Cuando una pareja se acaba, se acaba, da igual que te encuentres cada día en un lugar diferente del mundo, da igual que cada día le saludes de una manera distinta, no importa que le quieras de mil formas a la semana. Yo quiero, quise, y seguramente querré mucho, sin rosas ni sorpresas especiales, sin secretos ni viajes en helicóptero. Amo a una persona que me lleva a una cafetería y se sienta a mi lado durante tres o cuatro horas, que me lleva al cine cada vez que cambia la cartelera, que me llama casi todas las noches desde el día en el que empezamos y con el que nunca he ido ni de vacaciones ni de fin de semana a una hora de casa. Quiero a ese chico que me pasa a recoger para llevarme con sus amigos, y delante de todos ellos no rechaza llamarme como habitualmente lo hace en la intimidad. Adoro a ese chico y no me hace falta estar en Madrid o en Nueva York para saberlo, para seguir queriéndole como llevo haciendo desde el primer día. Supongo que pensareis que somos una pareja aburrida, que pronto uno de los dos, o los dos, se cansará del día a día, de la famosa rutina. Lo que espero que entiendan es que no necesito lugar ni entretenimiento estando él. Que me es suficiente tenerle a mi lado, que se ría y que me haga reir, que piense en mi, que a veces se enfade y que me quiera, que me quiera mucho. No necesito viajes de ochenta días ni cincuenta primeras citas. Necesito su voz, su calor y su sonrisa. Todos los días. Que se convierta en algo rutinario para siempre...

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