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Aquí comienzo de nuevo un viaje más profundo que cualquier carretera, que cualquier cielo, que cualquier mar. Un viaje que inicié en una ép...

miércoles, 19 de julio de 2017

Tomó el libro y regresó al primer párrafo. A medida que pasaba páginas la inquietud que se había apoderado de ella se fue deshaciendo poco a poco. Al rato Alicia perdió la noción del tiempo. Ni siquiera Leandro podía seguirla y encontrarla en el bosque de palabras que aquel libro siempre abría ante sus ojos. Alicia sonrió y regresó a la novela sintiendo que volvía a casa. Hubiera podido quedarse allí todo el día. O toda la vida.
El año en que Alicia Gris llegó a Madrid, su mentor y titiritero, Leandro Montalvo, le enseñó que cualquiera que aspire a conservar su sano juicio necesita de un lugar en el mundo en el que pueda y desee perderse. Ese lugar, el último refugio, es un pequeño anexo del alma al que, cuando el mundo naufraga en su absurda comedia, uno siempre puede correr a encerrarse y extraviar la llave.
-¿Qué estás leyendo?
-Alicia en el País de las Maravillas.
-¡Anda! ¿A ver?
Ella se lo mostró, pero no le permitió tocarlo.
-Es de mis favoritos -comentó, sin desprenderse del todo de su recelo.
-De los míos también -replicó Fermín-. Todo lo que sea caerse por un agujero y tropezarse con chiflados y problemas matemáticos lo tomo a título autobiográfico.