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Aquí comienzo de nuevo un viaje más profundo que cualquier carretera, que cualquier cielo, que cualquier mar. Un viaje que inicié en una ép...

sábado, 14 de enero de 2012

Carlos Ruiz Zafón

Amanecí con los fríos rayos del sol de diciembre envuelta en sábanas y edredones aún cálidos de sueños y pesadillas recientes. Los sonidos de un nuevo día me dieron la bienvenida y el ajetreo proveniente de la cocina me instó a quedarme en la cama. Pensé con cierto recelo en la persona que hablaba al otro lado de la puerta de mi habitación y, a falta de sueño, pensé en algo que pudiese hacer sin que fuese necesario enfrentarme a los murmullos y reproches de aquella nueva anciana. Pronto encontré entretenimiento entre el polvo de las estanterías. Un tomo de mi escritor favorito sobresalía entre otros con un marcapáginas fijado muy cerca de la portada del libro. Lo sujeté entre mis manos, recordando cómo aquel pequeño universo de papel se había resistido a mi lectura semanas atrás, dejándolo olvidado entre sus hermanos ya vencidos. Me senté sobre la cama y le miré desafiante, dándole a entender que no saldría de allí sin haber quedado totalmente embrujada por la magia de su escritor. Abrí el libro por donde el marcapáginas indicaba y me sumergí de nuevo en las calles tormentosas de una vieja Calcuta. Pronto sus expresiones me sonaron, sus palabras me envolvieron y reconocí en cada uno de los personajes a gente que ya conocía de otras novelas. Sonreí a las páginas hechas de sueño y esperanza como si de un viejo amigo se tratase y volví a enamorarme una vez más.

Párate un segundo y reflexiona.

¿Hasta qué punto tu vida es tuya? ¿Hasta qué punto controlas tu futuro? De lo único que somos dueños, si es que lo somos, es de las propias decisiones. Decisiones que tenemos que tomar a raíz de unos sucesos que nos son impuestos, cosas que no podemos controlar. ¿Cómo iba a evitar yo que te cruzases en mi camino? Cómo iba a saber yo... Si cuando nos conocimos yo adoraba infinitamente a mi chico y tú hablabas maravillas de la tuya. Cómo íbamos a saber nosotros la amistad y el cariño que iba creciendo si a nuestros ojos simplemente estábamos juntos diariamente por obligación y no por elección. Yo no sabía lo que iba a pasar, no sabía que me iba a quedar sola y que tú ibas a estar ahí. Sólo con el tiempo me di cuenta de que no estaba desilusionada con el chico por ser como era, sino por no ser como eras tú. Cada vez más tiempo juntos y cada vez más tiempo solos me dejó claras muchas cosas. El problema eras tú. ¿Cómo iba a atreverme yo a decirte nada si de tu boca sólo salía su nombre? Si las cosas hubiesen sido diferentes... no hubiera dudado en luchar. Pero tú parecías tan feliz... que no puedo entender lo que pasó hace unos días. Después de tanto tiempo sin vernos comprendía mi alegría, pero no la tuya. Estabas radiante. No parabas de sonreír y de abrazarme. "Hoy es mía" no parabas de pronunciar, y yo deseaba que ese hoy se alargase para siempre. Me dijiste cosas tan maravillosas que me negué a creerlas, y cuando ya te despedías con una promesa de volver a vernos yo ya te creía lejos, con ella y esa promesa rota. He de decir que como todos y cada uno de los días desde que te conocí, me sorprendiste. Cuando ya no podía esperar más de aquella fría madrugada me llamaste, y una vez que viniste a buscarme el mundo entero y todo lo que me preocupaba de él comenzó a darme igual, porque tú me habías salvado. Muchos, después de una mañana como esa habrían asegurado a sus amigos que no pasó nada. Pero yo no puedo decir eso. Porque ni tus labios ni tu cuerpo habrían conseguido mejorar la sensación de estar a tu lado. De verte allí, queriéndome contigo, y no necesitando más que eso. Sé que algún día podré llegar y decir que sí pasó algo, pero mientras tanto es suficiente que me necesites contigo cada día y me hagas sentirme siempre así. Porque muy en el fondo sé, y tú también lo sabes, que estás hecho para mí.