Te detienes un momento y les miras. Te detienes en cada uno, en cada una. Te fijas en sus rasgos, en su pelo, en su risa y su sonrisa. En esas miradas cómplices que los une a todos. Juntos charlan y disfrutan, se insultan, incluso cae algún puñetazo. Se conocen, se conocen a fondo. Hay confianza. Cariño. Los sueños vuelan y los planes se multiplican. Y mirándoles me paro a pensar en todos aquellos sueños, todos aquellos planes que ya hemos realizado. En todo el tiempo que hemos compartido. Las peleas, las historias, las risas y las borracheras. Los problemas, las alegrías. Las bienvenidas y las despedidas. Las madrugadas y las noches hasta las tantas. Los inviernos, las primaveras, los otoños, y por encima de todo los veranos. Las vacaciones y las épocas de exámenes. Todas las horas, minutos y segundos que nadie se pueda imaginar. Mirándoles me doy cuenta de la suerte que tengo, de lo orgullosa que me siento. Orgullosa por no poder contar con los dedos de la mano a mis amigos por...
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Que siento que te debo el mundo cuando sonríes.
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Tú buscabas a alguien, yo pensaba que se trataba de una mujer, pero era tu amigo de infancia. Él y su familia habían logrado pasar al otro lado del Muro diez años antes, y desde entonces no habías vuelto a verlo. Pero ¿cómo encontrar a un amigo entre miles de personas que se abrazan, cantan, beben y bailan por las calles? Entonces dijiste que el mundo era grande, y la amistad, inmensa. En medio de esa multitud gigantesca, un rostro se volvió hacia nosotros. Vi cruzarse vuestras miradas, un hombre de tu edad te observaba fijamente. Casi sentí celos. Entonces Knapp dijo tu nombre: "¿Tomas?" Vuestras siluetas se veían hermosas sobre las calles adoquinadas de Berlín Occidental. Abrazaste a tu amigo. La alegría reflejada en vuestros rostros era sublime. Antoine lloraba, y Mathias lo consolaba. Si hubieran estado tanto tiempo separados, su felicidad al reencontrarse habría sido la misma, le juraba. Tú apoyaste la cabeza en el hombro de tu mejor amigo. Viste entonces que yo te est...
Chiquitines...
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Dejas atrás un lugar rechazando el siguiente, sabiendo que no encontrarás nada como lo que dejaste atrás, echando de menos, llorando recuerdos, odiando al lugar al que te diriges. Pero entonces llegas, es el primer día, y no va tan mal. Incluso tienes ganas de volver al día siguiente. La gente es extraña, te mira raro, eres nueva, pero esas cuatro personas que conoces te ayudan, te guían, te sonríen y te comprenden. Y sin darte cuenta te vas haciendo a ese sitio que tanto maldeciste, vas conociendo sus costumbres, vas adaptándote a la gente, vas siendo una más. Cada día estás más a gusto. Cada día se va incorporando gente a tu vida que minuto a minuto pesa más. Cada día te sientes más en casa. Pero justo en ese momento te das cuenta. Ya no llueve, hace sol. Ya no usas chaquetas, hace calor. Ya no haces nada en clase, porque se está acabando el curso. Y ese lugar, esas paredes, esos pasillos, esos profesores y toda la gente que te pareció extraña al principio pesa, pesa muchísimo, pesa...
Mil lunas llenas por delante.
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Cuando lloras se para el mundo y nunca sé qué decir... Cuando lloras me derrumbo y no me sale fingir... Cuando lloras las horas le dan la vuelta al reloj... Cuando lloras a solas me muerdes el corazón. Cuando lloras se tuerce el rumbo y no tengo a donde ir... Cuando lloras yo me hundo y tardo en volver a salir... Cuando lloras las horas le dan la vuelta al reloj... Cuando lloras a solas me muerdes el corazón.
Aquí están LOS DEL PATIO, LOS DEL PATIO aquí están.(8)
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Carlos.
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Esta es la historia de una dulce niña y un verano mágico, un verano que abre su mundo, su tímida entrada en la adolescencia, abre puertas a lugares que tan sólo conocía de películas de instituto. Ese verano que la anima a dejar de llevarse mal con los chicos, como cuando era pequeña, ese verano que la anima a viajar sin sus padres, a ir de campamento, a conocer gente, a poder tener su primer amor de tontos, sus primeras despedidas, sus primeras lágrimas realmente sentidas. Todo comenzó con aquel verano de locos, cuando sus padres la acompañaron a aquel autobús donde otros niños con su aproximada edad esperaban impacientes. Ella también estaba impaciente, nerviosa y feliz, rodeada de dos de sus amigas y dos de sus amigos, los cinco embarcados en aquella experiencia nueva y maravillosa, los cinco juntos a un campamento de verano que prometía mil sueños a media noche, mil amigos, mil risas, mil momentos encantados de los que ninguno se olvidaría jamás. Lo que ella no sabía es que él tambi...