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Bienvenidos.

Aquí comienzo de nuevo un viaje más profundo que cualquier carretera, que cualquier cielo, que cualquier mar. Un viaje que inicié en una ép...

miércoles, 19 de mayo de 2010

Happiness.

Unas manos se posaron sobre mi cabeza. Esta vez no me sobresalté, eran demasiado conocidas. Cerré los ojos que había abierto ante el inesperado contacto y dejé que el viento y sus dedos me mecieran el pelo. Sentía el calor y la arena deslizarse por mi piel, y el sonido de las olas colarse en mis oídos. Me concentré en los círculos que dibujaba en la parte de atrás de mi cuello, y pude sentir cómo se erizaba mi piel allí donde sus manos trazaban figuras imaginarias. No sé la definición exacta de la felicidad en el diccionario, pero la mía era esta.

Myself.

Hoy me he levantado de la cama y no me he fijado con qué pie, quizá con los dos y por eso me sienta anímicamente extraña, algo irascible y melancólica. Me quedé mirando durante demasiado rato una fotografía de una niña pequeña, que reía feliz alzando su trenecito de colores a aquella persona que fotografiaba su momento, y me pregunté en quién se había convertido aquella pequeña desconocida que en realidad conocía muy bien. En sus tiernos rasgos de quizá tres años, no más, apenas reconocí los míos; en la ingenuidad de su risa tampoco veo rasgo ni característica alguna de la mía. Ahora me río más, o tal vez menos, depende de la ocasión, me río por cosas diferentes, y con mucha más precaución. Suelo sonreir a menudo, pero la mayoría de las veces es por cortesía. Y pocas personas me saben hacer reir realmente alto. Reconozco en los ojos de esa niña una felicidad extraña, cargada de sueños, de una vida entera por delante, de animales, juguetes y amigos. Ahora me miro en el espejo y veo una mirada diferente, tímidamente feliz, sin atreverse a serlo del todo, pero aún así con muchos sueños también, sueños diferentes. Adoro la fotografía, la lectura y la música, cualquiera de las tres me puede hacer llorar con demasiada facilidad. Pero eso no es un logro, porque lloro con cualquier cosa con demasiada facilidad. Me encanta el cine, me podría pasar horas y horas viendo películas, llorar y reir a la vez, pero también gritar de miedo. Tengo un carácter difícil. Soy caprichosa, mujer y niña según me de, orgullosa y cabezona, y también egoísta. No me gusta que me toquen lo que es mío, me lo pueden romper. Me gusta enfadarme por cualquier cosa para que después me mimen todo el rato, pero guardando las distancias, que no soy una persona ni cariñosa ni aprensiva. No me gusta tener que decir lo que siento, porque creo, y en la mayoría de las veces sé que se sobreentiende. Pero en cambio, me encanta escribir lo que siento, me encanta escribir escenarios y paisajes, describir personajes e historias que desearía contar como mías, me encanta escribir en general, y me encanta ser todo lo cariñosa y romántica que no soy en realidad. No me gusta que me despierten, ni que me digan lo que tengo que hacer. No me gusta que llueva en primavera y mucho menos en verano, pero me encantan los días de tormenta en invierno. No me importa que la gente hable de mi sin conocerme, o que hable de mi conociéndome, siempre y cuando esa gente a mí no me interese lo más mínimo. Pocas cosas me pueden afectar, pero cuando lo hacen me duelen en el alma, y me cuesta mucho, muchísimo, olvidarlas; pero no me cuesta nada perdonar. Necesito que me quieran mucho, que me lo recuerden de vez en cuando, porque si no me invento mil películas que horriblemente tienen demasiado sentido y lo paso mal. Necesito muchas, muchas cosas, aunque no las utilice, necesito saber que las tengo ahí, y necesito no a tanta gente, pero ellas y ellos sí que son imprescindibles, aunque pasen meses sin que hable con algunos, necesito saber que están ahí; y le necesito a él, totalmente imprescindible. Necesito y quiero y odio y me gusta y me disgusta, todo junto y separado, mil cosas podría decir de la niña pequeña de la foto, porque sé muy bien en quién se ha convertido, y me siento muy orgullosa.

domingo, 16 de mayo de 2010

Hurts.

No, Susan, eres tú la que no tiene ni idea. No sabes lo duro que es despertarte un día y encontrar todo tu mundo paras arriba. No sabes lo duro que es levantarte aturdida, con mil preguntas del tipo "¿qué me pasa?" y mil intentos de convencerte a ti misma de que es una mala racha que pasará, como las demás. No tienes ni idea de lo duro que resulta que, a pesar de mil intentos inútiles de autoengaño, por fin, quizá tras un periodo de dudosa crisis, te des cuenta de que ya no hay nada. Porque, cuando se ha amado de verdad, duele en lo más profundo del alma levantarse sabiendo que has dejado de querer. Ya sé que es duro que te dejen. Es una de las sensaciones más horribles del mundo. Pero, ¿qué me dices cuando llega el momento de mirar a esa persona a los ojos y decirle que se terminó? Dime cómo contemplar el dolor del corazón roto de una persona a la que has amado y quieres sin que se rompa el tuyo también, aunque sea un poco. Dime cómo soportar la tristeza de esos ojos que un día a tí te hicieron volar, te hicieron llegar tan lejos, tan solo por ese brillo que tenían que a tí te volvía tan loca. Imagínate el dolor que producirían cada una de sus lágrimas. Porque a pesar de que el amor se termine; a pesar de que dos personas dejen de pertenecerse; el tiempo pasado sigue ahí, con cada uno de sus recuerdos. Puedes dejar de amar, pero no puedes dejar de querer. Y tú no puedes salir impune de una pelea en la que el contrincante pueda hacerte llorar, Susan, porque en ese momento su dolor se convierte en tu dolor, y pierdes.

lunes, 10 de mayo de 2010

Dejé que el golpeteo de la lluvia y el olor a tierra mojada me nublaran la mente. Respiré hondo mientras aceleraba mi carrera, notando como los músculos de mis piernas se calentaban a medida que avanzaba. El agua me empapaba la cara y apenas podía ver nada, pero no importaba, lo único que importaba ahora era yo, el espacio que se extendía delante de mí y la tierra que sentía entre los dedos de mis pies. Cada vez mis músculos se encontraban más a gusto con la carrera, así que aceleré el paso, forzando mi límite. Me sentía bien, libre, esta vez no corría por temor, por prisa, por escapar, corria por placer, para sentir el viento mecerme el pelo, para sentir el agua resbalando por mi rostro, para sentir la mullida tierra aplastarse bajo mis pies desnudos. El aire entraba y salía de mis pulmones de manera precipitada, y también mi agitada respiración me supo a gloria. Mantuve mis músculos al máximo durante un buen rato, nunca me había dado cuenta de lo rápida que era, y cuando ví que mi resistencia llegaba a su límite fui frenando poco a poco, y casi de manera graciosa, la lluvia fue frenando conmigo. Me paré del todo al tiempo que unos pequeños rayos de sol se filtraban entre las nubes, iluminando más allá de donde yo me encontraba. Contemplé el basto desierto que se extendía a mi alrededor, monótono y uniforme. Era hermoso. Mi casa, mi hogar. Caminé despacio, sintiendo cada latido de mi corazón alto y fuerte debido a la carrera. Él me esperaba sentado sobre una pequeña roca situada allí por azar, a muchos metros de nuestra pequeña casita de madera desgastada. Alzó la mirada en mi dirección y la comisura de sus labios se alzó en una preciosa sonrisa blanca, iluminando el resto de su cara morena, tostada por el sol. Mi corazón dió un vuelco, todavía sin acostumbrarse a aquella sonrisa suya que tanto me gustaba. Fui despacio hacia él, con una sonrisa casi tan grande dibujada en el rostro. Me situé a su lado y le agarré de la mano con fuerza.
-Vámonos a casa. -Susurró en mi oreja justo antes de depositar un beso en cada uno de mis empapados párpados.
-A casa. -Repetí en un suspiro.

jueves, 6 de mayo de 2010

El ligero tembleque de mis muñecas se trasladó al resto de mis manos en el momento en el que sostuve el amarillento sobre en ellas. Tuve que hacer un gran esfuerzo por controlarlas mientras rasgaba el papel, y mucho más cuando me dispuse a sacar el contenido. Una foto descolorida por el paso del tiempo calló sobre la hierba. Desplegué el folió y enseguida reconocí la letra. La fecha databa de dieciocho años atrás.

Queridísimo Alexander:

Son horas las que he pasado frente a esta hoja en blanco, y todavía no sé cual puede ser un buen comienzo. Quizá, a pesar de todo lo que ha pasado, no debería perder las formalidades. Quizá debería saludarte, preguntar qué tal te encuentras, pero no me quedan fuerzas para seguir fingiendo normalidad. Con el resto del mundo es suficiente. Quizá mis palabras lleguen tarde, o tal vez, tras ver quien te escribe, arrojes el sobre al fuego, puede que tras meses de ausencia hayas comenzado a olvidarme un poquito. Yo no te he olvidado, Alex, no he dejado de pensar en tí un mísero segundo. Las horas transcurrían extrañas en las paredes de mi cuarto, y a cada segundo contenía el haliento pensando en el momento en el que pudiese salir de mi prisión, libre al fin de ir en tu búsqueda. No me dejaron ir a tu encuentro, Alex, es para explicarte eso por lo que hoy te escribo, entre penumbras y a escondidas. Ellos lo sabían, sabían todo lo que yo te quería. Sabian las horas de la playa, conocían cada una de tus caricias. Estaban al tanto de nuestro horario de tren, de nuestro destino. Me encerraron en mi cuarto la noche antes de tu partida, no pude escapar, Alex, no pude correr y refugiarme en tus brazos, no me lo permitieron. Quizá nuestro amor ya estuviese prohibido incluso antes de conocerte, quizá el destino nos tenía otros planes y nos castigó de esta manera. Pero ahora, encerrada y con un hijo tuyo en el vientre, tengo la total certeza de que aún acabándose el mundo, mi corazón te pertenece. Voy a ser madre, no sé dentro de cuanto, no me permiten ver a un médico. Pero yo creo que pronto, a pesar de la escased de sustento ya no me alcanzo a ver los pies. Yo creo que será niño, ¿sabes? Un precioso bebé, quizá con tus ojos azules como ese cielo que no volveré a surcar jamás. Haré que te llegue esta carta mediante alguien del servicio, no menciono el nombre por prudencia, si alguien se enterase nos matarían a los dos. Debes saber, Alex, que me faltan líneas y me sobran sentimientos para decirte lo mucho que te quiero, todo lo que te necesito. Lloro cada noche a la ausencia de tus caricias, a la falta de tus besos. Pero aún así me siento afortunada, todo lo afortunada que puede llegar a ser una persona. Quizá algún día, lejos de señores y doncellas, lejos de bailes y caserones, de ricos y clases sociales, lejos, lejísimos, donde ninguno de ellos pueda hacernos daño, quizá nos veamos en ese lugar, y seamos libres de amar sin silencios ni miedos ni secretos. No deseo nada más en el mundo, créeme. Ahora me tengo que ir, he de contar los segundos que faltan para que vengas a buscarnos, a tu hijo y a mi. En mi prisión de sueños te espero, amor, simple y tuya.
Anette.

Una lágrima se deslizó silenciosa por mi rostro, dejándose caer en la fría piedra de marmol que residía bajo mis rodillas. Leí de nuevo la superficie, todavía sin entender.

Anette Barceló
1902-1920

Alexander Barceló
1920

Sentí que el dolor punzante de su amor me destrozaba por dentro, oprimiéndome mucho más de lo normal, haciendome sufrir como nunca antes lo había hecho. Me desplomé sobre la fría piedra, incapaz de sentir ya nada, tan solo las lacerantes letras que se pegaban contra mi pecho haciendo imposible el paso de oxígeno. Apollé el peso de mi cuerpo de nuevo sobre mis rodillas y la mano izquierda mientras las llemas de los dedos de la derecha surcaban las líneas de marmol que descifraban sus nombres. Líneas de marmol que significaban un sinfín de sueños rotos, de promesas no cumplidas. Me levanté utilizando la poca energía que me quedaba, y con los ojos rojos y mi vida tambaleante me dirigí a la gran puerta del cementerio municipal, dejando atrás mi pasado, mi presente y mi futuro.