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Aquí comienzo de nuevo un viaje más profundo que cualquier carretera, que cualquier cielo, que cualquier mar. Un viaje que inicié en una ép...

jueves, 6 de mayo de 2010

El ligero tembleque de mis muñecas se trasladó al resto de mis manos en el momento en el que sostuve el amarillento sobre en ellas. Tuve que hacer un gran esfuerzo por controlarlas mientras rasgaba el papel, y mucho más cuando me dispuse a sacar el contenido. Una foto descolorida por el paso del tiempo calló sobre la hierba. Desplegué el folió y enseguida reconocí la letra. La fecha databa de dieciocho años atrás.

Queridísimo Alexander:

Son horas las que he pasado frente a esta hoja en blanco, y todavía no sé cual puede ser un buen comienzo. Quizá, a pesar de todo lo que ha pasado, no debería perder las formalidades. Quizá debería saludarte, preguntar qué tal te encuentras, pero no me quedan fuerzas para seguir fingiendo normalidad. Con el resto del mundo es suficiente. Quizá mis palabras lleguen tarde, o tal vez, tras ver quien te escribe, arrojes el sobre al fuego, puede que tras meses de ausencia hayas comenzado a olvidarme un poquito. Yo no te he olvidado, Alex, no he dejado de pensar en tí un mísero segundo. Las horas transcurrían extrañas en las paredes de mi cuarto, y a cada segundo contenía el haliento pensando en el momento en el que pudiese salir de mi prisión, libre al fin de ir en tu búsqueda. No me dejaron ir a tu encuentro, Alex, es para explicarte eso por lo que hoy te escribo, entre penumbras y a escondidas. Ellos lo sabían, sabían todo lo que yo te quería. Sabian las horas de la playa, conocían cada una de tus caricias. Estaban al tanto de nuestro horario de tren, de nuestro destino. Me encerraron en mi cuarto la noche antes de tu partida, no pude escapar, Alex, no pude correr y refugiarme en tus brazos, no me lo permitieron. Quizá nuestro amor ya estuviese prohibido incluso antes de conocerte, quizá el destino nos tenía otros planes y nos castigó de esta manera. Pero ahora, encerrada y con un hijo tuyo en el vientre, tengo la total certeza de que aún acabándose el mundo, mi corazón te pertenece. Voy a ser madre, no sé dentro de cuanto, no me permiten ver a un médico. Pero yo creo que pronto, a pesar de la escased de sustento ya no me alcanzo a ver los pies. Yo creo que será niño, ¿sabes? Un precioso bebé, quizá con tus ojos azules como ese cielo que no volveré a surcar jamás. Haré que te llegue esta carta mediante alguien del servicio, no menciono el nombre por prudencia, si alguien se enterase nos matarían a los dos. Debes saber, Alex, que me faltan líneas y me sobran sentimientos para decirte lo mucho que te quiero, todo lo que te necesito. Lloro cada noche a la ausencia de tus caricias, a la falta de tus besos. Pero aún así me siento afortunada, todo lo afortunada que puede llegar a ser una persona. Quizá algún día, lejos de señores y doncellas, lejos de bailes y caserones, de ricos y clases sociales, lejos, lejísimos, donde ninguno de ellos pueda hacernos daño, quizá nos veamos en ese lugar, y seamos libres de amar sin silencios ni miedos ni secretos. No deseo nada más en el mundo, créeme. Ahora me tengo que ir, he de contar los segundos que faltan para que vengas a buscarnos, a tu hijo y a mi. En mi prisión de sueños te espero, amor, simple y tuya.
Anette.

Una lágrima se deslizó silenciosa por mi rostro, dejándose caer en la fría piedra de marmol que residía bajo mis rodillas. Leí de nuevo la superficie, todavía sin entender.

Anette Barceló
1902-1920

Alexander Barceló
1920

Sentí que el dolor punzante de su amor me destrozaba por dentro, oprimiéndome mucho más de lo normal, haciendome sufrir como nunca antes lo había hecho. Me desplomé sobre la fría piedra, incapaz de sentir ya nada, tan solo las lacerantes letras que se pegaban contra mi pecho haciendo imposible el paso de oxígeno. Apollé el peso de mi cuerpo de nuevo sobre mis rodillas y la mano izquierda mientras las llemas de los dedos de la derecha surcaban las líneas de marmol que descifraban sus nombres. Líneas de marmol que significaban un sinfín de sueños rotos, de promesas no cumplidas. Me levanté utilizando la poca energía que me quedaba, y con los ojos rojos y mi vida tambaleante me dirigí a la gran puerta del cementerio municipal, dejando atrás mi pasado, mi presente y mi futuro.

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