Fuimos directos al punto final y en muchos momentos echamos de menos el camino que nos hemos perdido. Somos niños pequeños envejecidos, libros llenos de páginas rotas, cuerpos muertos engreídos que respiran cada cierto tiempo y por eso se creen algo más. Somos con mucho la mayor estupidez que podría haber ocurrido, y además nos encanta jactarnos de ello: nos colocamos el busto frente el espejo y nos corremos del susto cada vez que alguien suelta una verdad a cambio. Con las manos oxidadas de olvido de tierra acariciamos el muro de las limitaciones y lo besamos para que todos vean que no lo dudamos ni un segundo.

En un mundo de mierda sólo los cerdos se sienten a gusto.
[Escandar.]

Comentarios

Entradas populares de este blog

Avenida del Tibidabo, 32, Barcelona.

El laberinto de los espíritus - Carlos Ruíz Zafón