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sábado, 8 de octubre de 2011

Donde termina el arco-iris

Cuando ingresé en el colegio pensaba que los alumnos de sexto eran muy mayores y lo sabían todo a pesar de que no tenían más de doce años. Cuando cumplí los doce calculé que había que esperar a los dieciocho para saberlo todo. Cuando cumplí dieciocho pensé que al terminar la universidad ya sería una mujer madura de verdad. A los veinticinco aún no había ido a la universidad, seguía sin enterarme de nada y tenía una hija de siete años. Estaba convencida de que al llegar a los treinta  tendría al menos algún indicio de hacia dónde iba mi vida.
Pues nada, eso no ha sucedido.
Así que estoy empezando a pensar que cuando tenga cincuenta, sesenta, ochenta o noventa años seguirá faltándome mucho para ser una persona sabia y que sabe dónde está. A lo mejor las personas que están en el lecho de muerte, que después de una vida muy larga han visto de todo, han recorrido el mundo, han tenido hijos, han pasado por experiencias traumáticas, han vencido a sus demonios y aprendido las lecciones más duras de la vida estarán pensando: "Dios, seguro que en el cielo la gente lo sabe todo."
Pero apuesto a que cuando por fin te mueres se unen a las multitudes de allí arriba, toman asiento, espían a los seres queridos que han dejado atrás y siguen pensando que en su próxima vida lograrán comprenderlo todo.
Aunque me parece que yo ya lo he comprendido, Steph. Llevo años pensando en ello y he descubierto que nadie, ni siquiera el gran jefe de arriba, tiene la más remota idea sobre qué está pasando.

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