A

-Te dije que no iba a irme a ninguna parte. No temas, estaré aquí mientras eso te haga feliz.
Le devolví la sonrisa e ignoré el dolor de mis mejillas.
-Entonces, es para siempre, ya lo sabes.
-Vamos, déjalo ya. Sólo es un enamoramiento de adolescente.
Sacudí la cabeza con incredulidad y me mareé al hacerlo.
-Me sorprendió que Renée se lo tragara. Sé que tú me conoces mejor.
-Eso es lo hermoso del ser humano -me dijo-. Las cosas cambian.
Se me cerraron los ojos.
-No te olvides de respirar -le recordé.
Seguía riéndose cuando la enfermera entró blandiendo una jeringuilla.
-Perdón -dijo bruscamente a Edward, que se levantó y cruzó la habitación hasta llegar al extremo opuesto, donde se apoyó contra la pared.
Se cruzó de brazos y esperó. Mantuve los ojos fijos en él, aún con aprensión. Sostuvo mi mirada con calma.
-Ya está, cielo -dijo la enfermera con una sonrisa mientras inyectaba las medicinas en la bolsa del gotero-. Ahora te vas a sentir mejor.
-Gracias -murmuré sin entusiasmo.
Las medicinas actuaron enseguida. Noté cómo la somnolencia corría por mis venas casi de inmediato.
-Esto debería conseguirlo -contestó ella mientras se me cerraban los párpados.
Luego, debió de marcharse de la habitación, ya que algo frío y liso me acarició el rostro.
-Quédate -dije con dificultad.
-Lo haré -prometió. Su voz sonaba tan hermosa como una canción de cuna-. Como te dije, me quedaré mientras eso te haga feliz, todo el tiempo que eso sea lo mejor para ti.
Intenté negar con la cabeza, pero me pesaba demasiado.
-No es lo mismo -mascullé.
Se echó a reír.
-No te preocupes de eso ahora, Bella. Podremos discutir cuando despiertes.
Creo que sonreí.
-Vale.
Sentí sus labios en mi oído cuando susurró:
-Te quiero.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Avenida del Tibidabo, 32, Barcelona.

El cementerio de los libros olvidados.

El laberinto de los espíritus - Carlos Ruíz Zafón